Rosquillas gallegas para ir de romería

Si viajas a Galicia no puedes marcharte sin comerte una rosca. No es que queramos buscarte problemas conyugales, entiéndenos bien. Es que la rosquilla está tan presente en Galicia como la lluvia —aunque desgraciadamente, esta última cada vez menos—, los verdes montes de belleza solitaria o ese mar salvaje y desbocado que impregna de bravura a las gentes que habitan la Costa da Morte.

De hojaldre o de masas más compactas, hechas con moldes o a mano, fritas o al horno, secas o bañadas en almíbar… son algunas de las variantes que admite este dulce universal, que hace las veces de postre o de merienda. Incluso a día de hoy se sigue tomando sumergido en vino, una versión de las tradicionales sopas de burro cansado, cada vez más ausentes del recetario gallego. La base, eso sí, es siempre la misma: huevos, azúcar y fariña de trigo. No, de esa fariña no, de la otra —¡cuánto daño está haciendo la televisión!—. Y es que esta materia prima gallega, que se cultiva sobre todo en las zonas del interior, tiene fama por su sabor y calidad, especialmente las variedades autóctonas que se están recuperando en los últimos años.

No te dejes convencer por quienes aseguran que las rosquillas nacieron a mediados del siglo XIX en Estados Unidos: como oiga un gallego llamar así a los donuts industriales que come Homer Simpson… Bueno, de hecho también son un tipo de rosca, pero el origen de la rosquilla tradicional es anterior: se popularizó por Europa y el Mediterráneo durante el Imperio Romano. En la actualidad, aunque está presente en todo el territorio español, la frecuencia y época de consumo son bien distinta a las gallegas: mientras en otras comunidades suele reservarse para la Semana Santa, en el far west su presencia es obligada en cualquier romería que se precie, hasta el punto de que si no hay rosquillas, no hay fiesta. O, como dice Marisol, una vasca afincada desde hace tres décadas en Abades, «si no hay rosquilla y no hay pulpo, no hay Galicia». Habitualmente se venden en puestos ambulantes envasados en bolsas de plástico, aunque la forma tradicional, cada vez menos frecuente, consiste en introducirlas en una vara de mimbre con forma de herradura (como muestra la foto de la romería de San Lázaro más abajo). Son muy famosas las elaboradas por Cristaleiro en Gondomar y las de la archiconocida Confitería Tábora, ubicada en Silleda, ambas en la provincia de Pontevedra.

Fina Blanco García, rosquilleira de Bama, en su puesto en la romería de San Lázaro. Foto: Rocío Ovalle

Aprender a hacer rosquillas de Abades

Algunas de las rosquillas que Tábora vende todo el año son las de Abades, parroquia de Silleda, que cuentan con gran reconocimiento. De hecho, la fundadora de este establecimiento, Cándida Tábora, recibió un premio gastronómico en 1880 por esta rosca. La receta ha pasado de generación en generación hasta las mujeres que viven actualmente en esta parroquia de sólo 125 habitantes. Para mostrar cómo se elabora el producto y que no se pierda esta tradición, cada año, la Asociación de Mulleres Rurais de Abades organiza un taller gratuito en el que enseñan la técnica a quien se acerque hasta allí, con una deliciosa merienda incluida. El taller se celebra el sábado anterior al Domingo de Ramos. Para asistir y confirmar la fecha y lugar de celebración del taller es necesario llamar al teléfono 610 580 344.

En la cocina, Amparo me cuenta que «la masa lleva harina, huevos, mantequilla, azúcar y levadura». En la sala contigua, aprendices y maestras hacen las tiras con forma redonda que, tras 20 minutos de horno y unas cuantas vueltas en un baño de almíbar, se convertirán en la famosa rosquilla de Abades. «Hay que hacer tiras muy finas, porque si no después de pasar por el horno acaban pareciendo cruasanes», comenta Brais, 13 años, entre risas mientras sigue practicando la nueva técnica. «Las rosquillas de Abades se diferencian de otras, primero, porque se hacen con mucho cariño y buen material, que es lo principal, y, después, porque cada una tiene una forma, son artesanas y ahí está el mérito», apunta Marisol. «Y el sabor, lo vas a ver tú ahora mismo», sentencia alargando un par de melindres, crujientes por fuera pero con una masa muy suave y blanda, con un punto seco y el toque justo de dulzor.

La subasta del ‘bolo’

Después, ellas, las mujeres de Abades, continuarán elaborando cada día durante la Semana Santa montañas y montañas de rosquillas, que serán ofrecidas más tarde a Nosa Señora dos Desamparados, del Santuario de Abades, en forma de «bolos» de lo más diverso —simulando un puente o una iglesia, por ejemplo— y el Domingo de Pascua pasan a subastarse entre los asistentes a la romería, destinando la recaudación a la organización de las fiestas del año siguiente. María José, una vecina, recuerda que el año pasado el «bolo» más caro llegó a los 400 €. Merece la pena ir con tiempo para visitar el conjunto histórico-monumental de Abades que conforman la imponente iglesia parroquial, con la cúpula más alta de la comarca, y la iglesia románica dedicada a Santa María; también para asisitir a la posterior verbena. La tradición tiene todos los alicientes para conquistar al viajero que se acerque a esta romería: colaboración entre vecinos, sana competición y buena comida, además de una gente con espíritu de acogida al visitante, que será el mejor recuerdo de esta jornada gastronómica y cultural. ¿Qué más se puede pedir?

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