Recorriendo los monasterios gallegos en 10 bocados (y tragos)

Sencillez, tradición secular y autenticidad: he aquí las claves para entender la culinaria monástica. Cocinada a fuego lento en la clausura de las abadías y los conventos gallegos, la cadencia del ora et labora se adivina en cada bocado de estas delicias salvadas del olvido por los monjes y las monjas y puestos a disposición de los que nos paramos a saborearlos. Otra forma de recorrer estos remansos de arte, paz y espiritualidad.

 

  1. Las empanadas de las clarisas de Ribadeo

Aunque arraigado en la historia de esta localidad del septentrión lugués, fueron muchas las adversidades que tuvo que superar su convento de clarisas, destruido por el fuego en el siglo XVI y muy gravemente dañado por las tropas de Napoleón durante la Guerra de la Independencia. Quedan, de todos modos, restos románicos que merecen una visita, dentro de un conjunto armónico y recoleto. Como también la merece la tienda de repostería abierta por las monjas, en donde se venden, entre otros productos, sus afamadas empanadas de maragota o pinto, una verdadera delicia que vale la pena probar.

Foto: El Correo Gallego / José Manuel García Iglesias

 

  1. Las pulardas de Santa Clara de Allariz

Es uno de los grandes y más antiguos monasterios femeninos gallegos, con título de real, pues fue fundado por la reina doña Violante de Aragón, esposa de Alfonso X el Sabio, quien dotó generosamente a este convento de damas pobres y que, seguramente, le regaló su preciosa “Virxe abrideira”, una delicada talla medieval en marfil que, con toda probabilidad, viajó desde el oratorio privado de la reina a Allariz. Si nuestra visita al convento alaricano coincide con la Navidad, podremos comprar las pulardas que crían las monjas en clausura y cuya fama ha llegado incluso al Vaticano, en donde la última cena de nochebuena del Papa Francisco incluyó el delicioso manjar de este convento gallego.

Foto: morenadeverdeluna1

 

  1. Los peces de almendra de las ‘encerradas’ de Tui

También de la orden de Santa Clara es este convento tudense situado al lado del Camino Portugués, un edificio muy popular en esta villa fronteriza con Portugal tanto porque las monjas —conocidas  en Tui como las «encerradas»— son muy queridas por sus paisanos, como por sus delicias resposteras, entre las que destacan los peces de almendra y los mirabeles en almíbar, que se pueden adquirir haciendo sonar la campana del torno.

Foto: Manuel Portela

 

  1. Las ‘encomiendas’ de la Anunciada de Baiona

No menos de tres siglos tiene la receta según la cual las monjas dominicas del convento baionés de la Anunciada preparan sus riquísimas “encomiendas”, un dulce a base de almendra que hace las delicias de los paladares locales y que en verano llama la atención de turistas y visitantes, hasta el punto de obligar a las religiosas a hacer horas extra durante los meses estivales. De paso, vale la pena visitar este convento del siglo XVI situado en pleno casco histórico de la villa.

Foto: Alberto

 

  1. La rosca artesanal de San Salvador de Pantón

También de almendra es la consistente rosca de Ferreira de Pantón (Lugo), sobre la cual existe documentación que certifica que ya era el dulce utilizado en la celebración de las bodas y los bautizos de las familias pudientes del siglo XVII. Se han preocupado de recuperarla las monjas cistercienses, que siguen habitando este convento de San Salvador, el único de Galicia que nunca dejó de funcionar como tal desde su fundación. Además de la rosca, las religiosas de Pantón también venden otras exquisiteces reposteras, como los “coquitos”, las “alegrías” y las “golosas”.

Foto: Susanne Neven

 

  1. El dulce de leche de Sobrado dos Monxes

Sobrado dos Monxes resucitó de sus ruinas a mediados del siglo XX, cuando los monjes cistercienses regresaron para hacerse cargo de un imponente edificio barroco que estuvo a punto de desaparecer después de la Desamortización de Mendizábal, hasta el punto de ser utilizada la piedra de sus paredes para pavimentar las primeras carreteras de la zona. Salvado in extremis por el cardenal Payá, arzobispo de Santiago, hoy Sobrado está al frente de una activa explotación ganadera, que le permite a su comunidad comercializar, entre otros productos, un dulce de leche convertido en una de las ventas estrella de su tienda monástica.

 

Foto: Xacobeo

 

  1. La tarta de Santiago de San Paio de Antealtares

En pleno casco antiguo de Santiago de Compostela, a pocos pasos de la catedral, se alza el monasterio de Antealtares, llamado así por preexistir al propio conjunto catedralicio. Dedicado a un niño gallego martirizado en Córdoba, cuya efigie, sonriente a pesar del cuchillo que degolla su cuello, llama la atención de los turistas que bajan hacia la Plaza de la Quintana, en su interior se conservan algunos de los mejores retablos del barroco gallego. Las monjas benedictinas que lo habitan se encargan de cocinar esta tarta de almendra decorada con la cruz de Santiago, pero también brazos de gitano que conviene encargar con antelación.

 

Foto: Josercid

 

  1. Las pastas de té de las dominicas de Belvís

También en Santiago merece una visita este monasterio de monjas dominicas desde el que se puede admirar una preciosa vista del conjunto urbano de la ciudad vieja. En su antigua portería, anterior a la iglesia conventual, se venera a la Virgen del Portal, una delicada talla gótica policromada del siglo XIII que debe su nombre, precisamente, a la obstinación de esta imagen en no abandonar la portería, convertida por ese motivo en santuario de una de las devociones marianas más populares entre los compostelanos. El paseo hasta este altozano nos permite también adquirir las pastas de té que comercializan, a toque de campana, desde la clausura.

 

Foto: Francisco Muñoz Regueira

 

  1. El ‘eucaliptine’ de Oseira

Ocho siglos de historia contemplan al monasterio de Santa María la Real de Oseira, cenobio trapense popularmente conocido como el Escorial gallego por la dimensión y grandeza de su edificio, en el que asombra la sala capitular del siglo XV, con bóvedas de crucería renacentistas y columnas retorcidas cuyo fuste recuerda a troncos de palmeras, de ahí que también sea conocida como “la sala de las palmeras”. Situado en el municipio ourensano de San Cristovo de Cea, famoso por su magnífico pan, los monjes comercializan, además de un exquisito chocolate, el célebre “eucaliptine”, un licor elaborado siguiendo antiguas fórmulas de la botica monástica que incorporan, además del sabor inconfundible del eucalipto, otras plantas medicinales como la melisa, el cacao, la manzanilla, el hisopo, el clavo, la menta piperina y la artemisa. El resultado es potente y altamente digestivo.

 

Foto: Juantiagues

 

  1. El ‘pax’ de Samos

Desde 2013 es posible volver a degustar un licor con más de 500 años de historia producido en la abadía benedictina de Samos (Lugo) siguiendo una vieja receta de la botica monacal, en pleno proceso de recuperación. Los campos del cenobio han vuelto a cubrirse de plantas medicinales, como estuvieron hasta 1951, fecha en la que un incendio llevó al cierre de la licorería. La aparición de un barril olvidado con mil litros de esta bebida, y la colaboración de la Academia Gallega de Farmacia y de expertos en botánica y farmacognosia de la Universidad de Santiago, han permitido a los monjes resucitar el “Pax”, marca bajo la que habían llegado a comercializar, además de este licor milagroso, ginebra, anís y un brandy. Animada por este renacimiento, la comunidad de Samos se plantea producir también mermeladas y queso de O Cebreiro, cabecera gallega del Camino Francés a Santiago situado a pocos kilómetros de este monasterio.

Foto: JConde50

 

Comer bien, beber mejor y hacer una santa digestión a la sombra de estos muros centenarios: una propuesta de ocio más que apetecible.

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