El paraíso de los manuscritos armenios

No se puede marchar uno de Armenia sin visitar el Matenadaran. Esta palabra, que en armenio significa biblioteca, ya servía para designar en la Edad Media el lugar destinado en los monasterios a copiar y conservar los manuscritos; desde 1959 identifica a un imponente edificio situado en Ereván, a los pies mismos del monumento a la Madre Armenia, desafiante escultura femenina que, espada en ristre, otea el horizonte mirando en dirección a la frontera con Turquía. Casualidad o no, este colosal símbolo de la capacidad de resistencia y defensa de este pueblo también parece custodiar el gran tesoro cultural del país: más de 23.000 manuscritos armenios que han servido para conservar la memoria de una nación tan antigua como amenazada.

Matenadaran de Ereván, sede de 23.000 manuscritos armenios. Foto: Neira Cruz
Matenadaran de Ereván, sede de 23.000 manuscritos armenios. Foto: Neira Cruz

Pero estaríamos equivocándonos si creyésemos que el Matenadaran es un archivo más de los muchos que existen en el mundo. Además de la riqueza incalculable del material que conserva (entre otros, los primeros evangelios del mundo, no en vano Armenia presume de ser el primer país que adoptó el cristianismo como religión), esta institución es ”la antorcha de una identidad a través de las generaciones, el escudo de armas del pueblo armenio y un himno que resuena eternamente”. Con esta solemnidad siguen repitiéndose en Matenadaran las palabras de Hrachya Tamrazyan, poeta, filólogo y, hasta su muerte, acontecida el año pasado, alma mater y director de este instituto de manuscritos antiguos que, además de funcionar como centro de investigación, de restauración de documentos y de interpretación de su espíritu original, es todo un motor intelectual para el país y un polo de atracción turística. Los 50.000 visitantes que recibe cada año pueden disfrutar de recorridos guiados en distintos idiomas a través del laberinto de piezas expuestas en las tres plantas abiertas al público. La voz del guía será útil tanto para identificar distintas etapas históricas reflejadas en la producción de documentos, como para llegar a apreciar detalles que nos dejarán boquiabiertos, tanto por la belleza como por la habilidad con la que estas obras fueron ejecutadas. En todo caso, también es posible la visita por libre. Aunque la información de las cartelas que acompañan a cada pieza es más que breve, telegráfica (al menos en lo que atañe a las versiones inglesas), la enorme belleza y antigüedad que transmite el conjunto basta para cautivar hasta al más escéptico.

Con independencia de su valor espiritual y simbólico, estamos hablando también de verdaderas joyas materiales que han llegado a nuestros días en distintos estados de conservación. Desde los que parecen haber salido anteayer del scriptorium de los monjes como aquellos que sufrieron la persecución, la devastación e incluso el genocidio, como ilustra fehacientemente una antigua Biblia del siglo XI troceada y enterrada en 1921 por las mujeres que la custodiaban a fin de que no fuera localizada y quemada por los otomanos. He aquí un ejemplo del amor que los armenios llegan a profesar por estos documentos, hasta el punto de exponer sus vidas para salvarlos.

Muchas de las piezas que exhibe y guarda el Matenadaram han llegado a este centro a través de donaciones nacionales e internacionales. Y es que resulta una muestra de prestigio y patriotismo contribuir a engrandecer esta grandiosa biblioteca, de ahí que políticos, intelectuales, hombres de negocios e incluso celebrities desperdigadas por todo el mundo y vinculadas por lazos de sangre con Armenia, hayan aportado su granito de arena comprando para el Matenadaran un documento en venta o facilitando los medios suficientes para su restauración. Hermosa forma de demostrar respeto por las raíces culturales propias que quizás podríamos empezar a copiar en otras latitudes.

Toda esta dimensión hace que el Matenadaran se revista de una especie de aura de templo cívico hacia el que, antes o después, los armenios miran. No en vano en ese lugar se conserva la memoria de lo que fueron. Y solo los pueblos que no olvidan son capaces de sobrevivir. Armenia lleva demostrándolo desde hace tanto tiempo como antiguos son los tesoros de su Matenadaran.

Fuera del país existe otro gran baluarte de manuscritos en lengua armenia: Venecia. La isla de San Lazzaro degli Armeni acogió en 1717 a una comunidad de religiosos que huían de la persecución y que, asentados en esos 7.000 metros cuadrados de la laguna veneciana, pusieron en pie todo un emporio cultural capaz de dialogar de tú a tú con su homóloga de Ereván. De ahí que la capital de Armenia y la ciudad de los canales mantengan un hermanamiento que recuerda las estrechas conexiones culturales que las unen desde hace cientos de años a través de un patrimonio no solo singular, sino único: el constituido por este verdadero paraíso para los amantes de los manuscritos bellamente ornamentados.

Total
8
Shares

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies