La florentina más famosa

Sin duda hay varias candidatas para alzarse con este título, dependiendo de las preferencias y prioridades de sus seguidores.

Algunos probablemente dirían que la florentina más universal es Monna Lisa, la afortunada esposa de Francesco del Giocondo a la cual Leonardo da Vinci inmortalizó en uno de sus cuadros más conocidos, y que se puede admirar en el Museo del Louvre, en su versión más conocida, o bien en el Museo Nacional del Prado, en una copia que ha ganado crédito en los últimos años, hasta el punto de empezar a ser considerada versión anterior al cuadro final que se exhibe en París. Sí, Monna Lisa cuenta con muchas posibilidades para hacerse con la corona de la florentina más famosa. Su enigmática sonrisa representa como nadie el alma voluble y misteriosa de esta ciudad fascinante e inmisericorde, pero…

Pero seguramente muchos reclamarían ese título para una florentina más actual, alguna mujer cuya trayectoria vital o profesional haya servido para ensalzar el nombre de su ciudad natal y con ella, a todas sus conciudadanas. Si se piensa así, es probable que Oriana Fallaci (1929-2006) pudiera contarse en la lista de las que acumulasen más méritos. Periodista cáustica, valiente e inteligente, nació y murió en Florencia a pesar de que su vida fuese la de una errante. Sin duda Fallaci fue una gran florentina pero…

Pero es probable que muchos tifosi del calcio italiano no estuviesen para nada de acuerdo. Para ellos si hay una florentina con tirón y derecho a subirse al podio de la más conocida, esa es sin duda su Fiorentina “dal cuore viola”, el equipo de la ciudad, la squadra por la que se da todo y más…

Autor: Xosé A. Neira Cruz

Bromas aparte, la fiorentina de verdad es y será siempre ese pedazo chuletón de vacuno toscano, preferentemente chianina (denominación de origen que identifica a las grandes vacas del sur de Toscana) que los grandes entendidos en la materia recomiendan consumir sangrante, bien sazonada, condimentada con romero y bañada en aceite de oliva extra virgen. Aunque pueda parecer una sobredosis de carne roja en todo punto evitable, las apariencias engañan. El vacuno del Val di Chiana, bregado en mil esfuerzos desde el Imperio Romano (cuando ya protagonizaba los banquetes patricios) hasta la actualidad acredita unas condiciones óptimas para el consumo humano. De hecho, está demostrado que esta carne, tierna y jugosa, es particularmente saludable, ya que presenta un 36% menos de grasa que la de otras de su especie y solo contiene 52 mg de colesterol por cada 100 gramos de producto, semejante al pollo o al pescado.

Así pues, conviene dejarse seducir por una bisteccha fiorentina en algún momento de nuestro viaje por Toscana. Acompañada de una abundante ensalada de rúcula y canónigos, y regada por un buen tinto de la tierra –un Nobile de Montepulciano o un Brunello de Montalcino resultarían perfectos- le hará olvidar de inmediato el dinero desembolsado. Pues hay pocos sabores que resuman mejor el aroma del campo toscano que esta carne magra y sabrosa preparada al punto que a uno más le apetezca.

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