Comer tiburón en Reykjavík, y otras exquisiteces

Capital de uno de los países más alejados y misteriosos, Reykjavík forma parte de esos destinos diferentes que, antes o después, uno llega a plantearse. Obviamente, como en todos los casos, hay que tener claros unos cuantos puntos de partida: el clima, el coste de la vida y la gastronomía local funcionan como elementos disuasorios. Pero esos aspectos menos apetecibles esconden sorpresas interesantes.

Porque aunque es cierto que Islandia no es el lugar del mundo con la climatología más agradable, presenta contraprestaciones a considerar. Las nieblas, el frío o las lluvias suelen resultar su decorado ambiental más habitual, es verdad, pero ni siquiera esa previsión es un factor constante. En un solo día es posible asistir a una sucesión de fenómenos atmosféricos para dejar boquiabierto a cualquiera. Desde la nieve y el granizo hasta el sol despejado, pasando por todas las demás variantes imaginables pueden darse, especialmente en primavera, sin salir de los límites de una ciudad pequeña como Reykjavík —con todo, la más grande del país— en donde vive casi la mitad de los 300.000 habitantes que pueblan esta isla cuyo nombre significa, con bastante razón de ser, “tierra de hielo”.

Sin embargo, bajo la capa gélida que cubre durante buena parte del año su superficie se encuentra un calor en constante ebullición: son los más de 200 volcanes y más de 600 manantiales de agua caliente que recorren capilarmente sus entrañas y que se manifiestan a través de fenómenos naturales tan espectaculares como los géiseres.

El gran potencial de energía geotérmica de que dispone este pequeño país nórdico ha sido explotado sabiamente desde muy temprano. De hecho, los islandeses llevan siglos utilizando sus termas para bañarse y lavar sus ropas, y desde 1906 aprendieron a canalizar el vapor para caldear sus hogares con una excelente y baratísima calefacción natural. Hoy, el 90 por ciento de los edificios de Reykjavík se surten del calor de las entrañas de la tierra y es posible disfrutar de placeres tan relajantes como bañarse al aire libre en piscinas a 40 grados mientras el entorno se encuentra completamente nevado.

No facilita tampoco la decisión de visitar Islandia los precios que tendremos que afrontar a la hora de comer. Con un suelo poco propicio para los cultivos, la mayor parte de las verduras, frutas y carnes —salvo la de cordero, uno de los productos estrella nacionales— deben importarlas del continente, lo cual encarece el disfrute de la gastronomía local, por otra parte, todo hay que decirlo, no demasiado conocida. Por lo tanto, conviene decantarse por el pescado, abundante y fresco, aunque con sabores y preparaciones desconocidas para nuestros paladares. El bacalao islandés, muy consumido en Portugal y en el norte de España, está disponible en toda la isla y, además de cocinado según distintas recetas, es frecuente para ellos comerlo seco, sin más, o con mantequilla, opción que en la isla se conoce como hardfiskur. Los amantes del salmón o de la trucha estarán de enhorabuena en este país, y para los que se atrevan con experiencias diferentes cabría citar la ballena —disponible en grandes rodajas de carne negra en las pescaderías de Reykjavík— y el tiburón, que, para que resulte «más digerible», se sirve fermentado, es decir, en proceso de putrefacción, en un marinado que apesta a amoniaco. En el centro de la capital islandesa se encuentran calles repletas de pequeños restaurantes especializados en la preparación de este plato nacional, el hákarl, que se suele engullir conteniendo el aliento —fundamentalmente para no olerlo—  y seguido de un buen lingotazo de brennivin, un licor de patata que resucita a los muertos.

Con semejante combustible en el cuerpo ya estaremos bien acondicionados para salir a pasear por Reykjavík con independencia del tiempo que haga. El paseo entre fachadas multicolores resultará agradable, especialmente en las inmediaciones del lago Tjörn, porque la ciudad se hace querer aunque no cuente con demasiados monumentos, y su catedral, la Hallgrímskirkjauna de las más grandes de Escandinavia—, visible desde toda la ciudad, nos deje a juego con el clima, es decir: más bien fríos. Terminada en los años 70 según un proyecto del arquitecto islandés Guðjón Samúelsson, parece una inmensa nave industrial construida con piezas de lego. Si hay suerte y nuestra visita coincide con alguno de los ensayos del organero, la experiencia estética puede resultar curiosa y sugerente.

Hallgrímskirkja. Foto: Jordi Condominas (CC BY-NC 2.0)

Y es que no es la monumentalidad de sus edificios o calles lo que más nos llamará la atención en Islandia y su capital, sino su naturaleza, soberbia, pura, poderosa, dejándonos claro en toda la isla que nos encontramos en uno de los paraísos geológicos de la tierra. Si además nos toca conocer la noche polar, el sol de medianoche, o podemos maravillarnos ante una aurora boreal, entenderemos fácilmente por qué este destino puede llegar a resultar único y fascinante.

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